Veus

ACOMPANYAT D’UNES OLIVES I UN VERMUT BLANC, en Toni es refà d’un dia esgotador, ara que té un petit buit a l’agenda. Fa divuit anys que es dedica activament a la psicoanàlisi, en un gabinet allunyat de l’eixordador centre madrileny, a Móstoles. L’ha compartit amb en Julián, el seu germà gran, fins no fa massa (després d’anys d’insistència, li van concedir, per fi, una plaça hospitalària com a cap de psiquiatria). Durant aquest període laboral de feina conjunta al gabinet, ha diagnosticat i tractat casos de tota mena (esquizofrènies, psicosis lleus, manies, depressions, fòbies i estats d’ansietat), però mai, fins fa un parell de mesos, l’havia visitat un pacient amb una història similar a la que recorda.

Aquell matí de dissabte ja era força inusual per si mateix, perquè la consulta estava tancada. En Toni havia cancel·lat totes les visites programades i les havia posposades per a dilluns al tard. Prendre una decisió com aquella, no va ser fàcil perquè ell és un home abocat a la labor; Tant que, quan en Julián va anunciar-li que marxava, va decidir que assimilava el gruix dels seus pacients sense desatendre els que ja tenia. La feina es va multiplicar i, al pas de les estacions, el cos va començar-li a manifestar l’esgotament físic i mental (cara cèria amb bosses que es desfeien sota els ulls, mal caràcter, susceptibilitat exacerbada i neuràlgies pregones) fins que li va cridar «prou». Com diria amb l’argot que li és propi, «el jo [la consciència] va haver de sucumbir davant del mi [el cos físic]».

Es va llevar aviat, sense haver descansat massa. D’una revolada va baixar fins al quiosc de la cantonada on sempre compra el diari. Feia un fred de mil dimonis. Una ponentada antipàtica espetegava amb violència a cada cruïlla, d’aquella que et talla els llavis. Al paviment glaçat s’hi emmirallava un tapís de núvols tintats i rabiosos. Amenaçaven tempesta i, en veure-ho, va girar cua d’immediat i va retornar cap a l’apartament. Quan tancava la porta d’entrada, una ombra va barrar-li el pas i se li va plantar al davant. Se’n va separar espantat, abans que les neurones poguessin processar les dades oculars. Es tractava d’un home grassonet, no gaire alt, amb una coroneta monacal que anunciava la seva calvície incipient.

¡No se asuste! —va advertir-lo mentre alçava una mà en gest tranquil·litzador. Després va prosseguir—: Necesito su ayuda. Roberta, la mujer de su hermano me dio esta dirección. Me aseguró que podría atenderme, que es, usted, uno de los mejores. Y debo contárselo a alguién, alguien que me entienda. Debo contárselo antes de que olvide lo sucedido y empieze a du-dudar de mi. Estoy comenzando a olvidar, ¿sabe? Y si no lo cuento ya… Alguien que me garantize que no estoy loco, que… Cada vez recu-cuerdo menso detalles, fue fugaz y me estoy dando cuenta de que-que…

El bon home —això li va semblar almenys, a en Toni— va començar a caquejar com un fredolic a Sibèria en cos de camisa, així que el psiquiatra li va demanar que es calmés. Li va prometre que l’escoltaria i el va convidar a entrar.

Siéntese, por favor —va indicar-li el divan de la consulta—. Túmbese si lo cree necesario. ¿Le apetece tomar algo caliente? ¿Un café, un té…?

No gracias —va respondre nerviós—. Sólo quiero que preste atención a lo que voy a contarle. Alguien debe escucharme, alguien que pueda negar o reafirmar mi locura.

En Toni va assentir serè, però, abans que el Senyor Lucientes —així es va presentar a l’estona d’haver entrat— comencés a explicar el que li havia succeït, li va demanar novament que es relaxés, que deixés el seu cos distès, que foragités les preocupacions i que traslladés la ment als moments precedents a allò que tant el turmentava.

Eran cerca de las tres y media, la tarde del jueves. Tras la copiosa comida del mediodía mi mujer me aconsejó que echase una siesta. Siempre se ha preocupado mucho por mí; es encantadora. La amo, pero se queja de que a penas se lo digo, pero así es. Toda una vida da para mucho, ¿sabe? Le hice caso y me dirigí hacia el dormitorio. Sentía mi cuerpo excesivamente pesado, así que me desplomé sin más y no tardé mucho en dormirme. No sé decirle con exactitud cuanto tiempo estuve descansando antes de vivir esa experiencia que, aunque pudiese semejarse a una pesadilla, le prometo que no lo sentí así. El horror que me aprisionó por unos minutos que se hicieron eternos, no era ni siquiera comparable al que puede generar la peor de las pesadillas. Tampoco sé cuanto tiempo tardé en ver de nuevo la luz del día.

»Regresé a la consciencia tras la densidad del sueño. Creí haber despertado. Pero me equivoqué; a pesar de tener lucidez mental para pensar, quería abrir los ojos y no podía, intentaba moverme y alguna fuerza inexplicable me lo impedía. En aquel instante no pude entender nada de lo que estaba ocurriendo. Sólo luchaba por gritar, gritar cualquier cosa. Si no me hubiesen sellado los labios, si no me hubiesen silenciado las cuerdas vocales, le aseguro que de mi boca habría surgido un alarido estruendoso, el perturbado que jamás haya oído.

»Percibí el sol en mi pecho, encendido y ardiente. Luego, mi respiración se aceleró de un modo entrecortado al oír un murmullo de voces detrás de mí. Eran como las voces infantiles —agudas y muy finas— pero pronunciaban, sin interrupción y a gran velocidad, vocablos que no pertenecen a nuestro idioma, ni a ninguno de los que yo conozco. Por eso me parecieron aterradoras. Era absolutamente consciente de la situación. Imagínese, hasta recuerdo haber pensado: ¡Vigila! No pruebes de abrir los ojos porqué podrías ver algo de lo que luego te arrepintieses, algo oscuro y temible que ni te imaginas. Consideré que lo mejor era no mostrar ningún tipo de resistencia a esa fuerza sobrenatural, ni siquiera debía intentar moverme, ni gritar, pues ellos tenían la sartén por el mango; estaba en su terreno. Lo único que conseguiría con mi inútil plan de desvelo sería acrecentar mi pánico.»

¿Ellos? Ha dicho «ellos», ¿verdad? —va preguntar encuriosit, en Toni, després d’una llarga estona d’escolta—. ¿A quienes se refiere?

No lo sé —va prosseguir en Lucientes—. No los llegué a ver. Yo no lo quise, o bien ellos no se mostraron visibles. Sin embargo, me atrevería a afirmar que allá había alguien más a parte de mí. Dejé mis fuerzas para otro momento e intenté relajarme.

—Y, ¿qué le contaban las voces?

—Ya se lo he dicho: no les entendía en absoluto.

¿Ni siquiera probó de luchar?

No. Como ya le he contado, de nada hubiera servido y con eso únicamente habría logrado empeorar las cosas. Se habrían enfurecido y… No sé que son capaces de hacer cuando se sienten amenazados.

»Al cabo de un rato, no sé muy bien cuando ni como, me desperté. Fue como haber salido de un sueño, pero había sido real. Los párpados se abrieron solos, de golpe, y me quede inmóvil, sudoroso y sumido en un silencio abismal. No sé que fue lo que me impulsó de nuevo hacia la vigilia. Quizás fue un mecanismo de defensa de mi propio ser ante una posible presencia extraña o, tal vez, algún ente protector intentó avisarme. Sin embargo, yo sentí que era demasiado tarde, ya que el pánico que había perforado mis entrañas, era un indicador evidente de que alguna extraña puerta había sido abierta.

»Me levanté algo tembloroso y salí del cuarto como si quisiera evitar el quedar atrapado nuevamente. Tenía la sensación de que esa experiencia había sucedido horas antes y que después me había dormido. Aunque, paradójicamente, lo recordaba todo con una claridad inexplicable, nada habitual; era capaz de describir con todo detalle las sensaciones que había experimentado a cada instante. Entonces, miré el reloj de pared y no logré salir de mi asombro cuando vi que no había transcurrido más de una hora. La perplejidad me amparó durante un largo rato, pues no podía explicarme como esa situación, percibida como eterna y aterradora, había durado tan poco en el mundo real.

»Al despertar, supe con certidumbre que aquello había ocurrido en realidad, y no quise por nada en el mundo que se volviese a repetir. Sin embargo, ahora todo parece un recuerdo pasajero cubierto por un velo o por una neblina blanca, y desearía, a pesar de la angustia que eso me conllevaría, que se repitiera una vez más para confirmar la veracidad del suceso.

Així acabava el relat d’en Lucientes. Un home d’ulls desorbitats que gesticulava excessivament mentre torçava el cap, i això el convertia en una caricatura angoixant de si mateix. Va insistir al psiquiatra que l’ajudés a viure l’experiència de nou, però en Toni no dominava prou bé les tècniques hipnòtiques i va sortir-se’n com va poder. Després d’aquella trobada inesperada, mai més l’ha tornat a veure. Probablement, l’home necessitava que algú l’escoltés a consciència, algú que no el prengués per un dement. De fet, cada dia ens creuem amb una persona que es troba a les portes de la follia i no creure en ells pot ser el detonant que els projecti cap a l’abisme. En Toni va creure en Lucientes, i només va caldre això per tranquil·litzar el neguit que l’abrasava per dins.

Advertisements

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s